Dale, no seas tímido!

Las noticias son buenas si vas a dar batalla pues lo quieras o no allá afuera hay una guerra, no sirve que te escondas ni que vivas rezando; cuando la muerte se alza siempre acaba encontrando. (GF)

Soy un collage de non.fiction y letras encriptadas

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sábado, 17 de abril de 2010

Decisiones

Resulta que los obstáculos son sólo pensamientos. Cuando se empieza a decidir, algunas flores que parecían mustias se desperezan al sol. La aventura multiplica horizontes y encuentra muchos entusiastas abajo de los vasos o escondidos en los pliegues del mantel.

El no afónico se vuelve abrazo, empujoncito, gesto de admiración.
Sintonizo esta frecuencia: Apuesta, Riesgo, Vida. Y luego se verá...
El aprendizaje: es que tanto tanto no me importa lo que pienses vos, tu y ustedes.

Mientras llega el Día D, de muchos que vendrán, me despido y bailo con swing...


martes, 16 de marzo de 2010

Mi primer beso

Me lo dio mi prima Mecha un verano. Habíamos jugado toda la tarde a tirarnos baldazos de agua en la terraza de mi caserón de Villa del Parque.

Su boca brillaba como si se hubiera pintado con un chupetín de saliva. En el instante en que nos unimos, los rayos de calor nos pegaron con más fuerza. ¿Fue más refrescante por eso? No estoy segura...

Si bien afectaba una milésima porción de mi cara, se me antojó una sensación por demás resbaladisa. Decidí separarme antes de que ella se deslizara hasta mi lengua. Sentí que quería quedarse posada en mi boca como una mariposa.

Me distancié empujándola del hombro derecho. No dije nada y miré una vez más su malla enteriza y su pecho aplastado. Le ofrecí bajar a buscar un vaso de jugo.
Esperar a que la Ola está de fiesta se apropiara del resto de la tarde.

disparado por este post

viernes, 12 de marzo de 2010

Sueño con patines



Sueño con mi viejo andando en patines (hay algo verídico en eso: él actuó de enano patinador en una versión libre de Blanca Nieves de mi jardín de infantes).
Pero en lugar de calzar los modernosos rollerblades, usa las míticas botitas blancas con ruedas naranjas. Yo los miro y pienso "me gustaría que me los preste". Estamos en un negocio de ropa que me encanta y me puedo comprar tanta que lleno una caja gigante que me dobla en tamaño. El tema es cómo llevarme la caja a casa, tan enorme, mi viejo en patines, el negocio lleno...
Me despierto con los ojos tapados por lagañas (puaj!) y me resbalo con una pollera que dejé tirada en el piso. Mi gata indolente pasa por encima mío con sus patitas graciles. Y no. Ni se le ocurre ayudar a levantarme del suelo.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Ni Pi


Caían en la puerta de mi casa. Boqueantes, desesperados. Un espectáculo sangriento para una nena de 9 años. Pero allí estaba yo con mi compañera de aventuras diabólicas. El pelo bañado en talco perfumado, unas calzas fosforecentes, escalando sobre los tacones de mamá. Con ese look de viejas esmirriadas, aunque nuestro calendario no llegara la década, asustábamos a los vecinos distraídos de Villa Santa Rita.

Ese día en que mi hermano me había repetido una vez más que él iba a triunfar en la vida y yo no, lo encontré. Sin plumas, tenía la tapa del huevo pegada como un casquito a la cabeza y abría el pico sin parar como un pez afuera del agua. Aborto de la naturaleza, esta vez sí: había caído del árbol que se metía por las ventanas de mi habitación. Con mi amiga enana infernal tramamos el ritual. Ecuménicas y progresistas no podíamos decidir su fe por él. Apenas si lo conocíamos. El plan fue simple: con una birome dibujamos sobre una servilleta amarilla las seis puntas de una estrella de David, los dos palos de una cruz y la luna de Mahoma. Un minuto de silencio, vecinos. Todo pajarito merece un entierro justo.

domingo, 7 de febrero de 2010

Mis primeros pasitos torcidos en el mundo de las letras



Esta es una confesión tardía. Si mañana la policía del derecho de autor toca mi puerta, sabrán –silenciosísimos lectores- que mi intención es de redención. No me jacto en el crimen, ni en el buen uso que hice de una creación ajena.
Tal vez desde la panza de mi mamá, recuerdo desde que soy muy chica que mi papá siempre me regalaba libros. En mi cumple de 8 yo esperaba alguna Barbie princesa, que nunca tuve como las que tenían mis primas: Barbie negra, Ken ejecutivo, pero recibí de mi padre seis o siete libros de cuentos o novelas para lectores jóvenes. Así como por fuerza de imposición o por confusión de niña inexperta, mi primera publicación tuvo origen en un uso desviado de los textos (por decirlo finamente).
Un buen día me decidí a participar en la revista Billiken de la sección que más me gustaba: De Todo un Poco, con mi poesía preferida que al día de hoy la repito de memoria. Casi casi como si fuese mía. Arranqué una hoja Rivadavia y escribí con letra de hormiguita:

Un canario que ladra si está triste
Que come cartulina en vez de alpiste,
Que se pasea en coche
Y toma sol de noche
Estoy casi segura que no existe.


Florencia Golds

Después vino el tiempo de espera e intriga. En cada edición era hacer volar las páginas hasta la última. Una mañana me ví en un recuadro. La alegría se expandió por las habitaciones de mi casa. El texto estaba acompañado por una ilustración divina de un pajarito en un autito con una sombrilla en la cabeza. Ahí caí en la cuenta de mi craso error: olvidarme de citar a la autora, la sra. María Elena Walsh. Tengo la imagen de mi papá hinchado de alegría, mostrándole la página a sus amigos y estampándome un beso ruidoso, hoy cuando publican una nota mía lo sigue haciendo. Aunque ya por suerte y con más cuidado, lo juro Sr. juez, aprendí a no plagiar.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Danzando Lambada e




Cientos lo alentaban “¡Abuelo, abuelo!” y yo aplaudía tanto que las manos me ardían. Fue en un pueblo. Los hombres tenían pegadas las camisas a la espalda, las mujeres sudaban frentes y patillas. Tenía 12, era mi turno de viajar con mis abuelos a uno de esos rumbos a los que nunca llegan turistas y las damas se dan de narices con sus ex acompañados de sus nuevas novias a la vuelta de la esquina.

Por fin llegó la gran noche de la kermesse. Nos preparamos prolijitos y perfumados como solteros con una flor en el ojal. Pero sobre todo abiertos a lo bueno que la noche nos daría. Ellos compartieron un vino, me compraron un copo de nieve y me llevaron a jugar a alguno de esos juegos de ensartar un aro en un pato de hule.

La noche avanzaba a medio tono hasta que mi abuela no resistió la invitación del locutor: “nueve y media los esperamos a todos al Concurso de Lambada, los participantes inscribirse ahora, bienvenidos a la fiesta de Coronel Pringles”… Bastó un solo ¿Vamos Martín? para que los dos estuvieran primeros en la lista de los bailarines de la pegadiza canción.

Nadie daba mucho por la pareja del señor pelado y panza prominente y su mujer rubia y alta como una jirafa. A la primera ronda, los buenos observadores ya se habían fijado en los pasos risueños de Martín y en la destreza de Elda. En la segunda ronda los bailarines habían encontrado su yeite: mi abuelo le apoyaba la panza en un vaivén y parecía un señor embarazado apurando suave a su mujer. Más y más gritaban ¡abuelooo! Y me miraban cómplices.

Siguieron a puro ritmo brasileño hasta que las velas se derritieron y todo Pringles festejó los giros de la extraña pareja de la Capital. Hasta llegué percibir que la pareja contrincante amagó con tirar unos maníes al piso con intención de provocar el tropiezo. Pero Martín con su agilidad de joven de espíritu eludió esa trampa barata. Días después salimos en la pantalla de Pringles TV. El festejo fue, claro, con mate y pao de queijo.

FG

jueves, 10 de diciembre de 2009

Llevame a ver un tren


imagen

Escuché el tracatac del tren que se hacía humo y me dí cuenta de que esa sería la última vez. Guardé mi pañuelo en el bolsillo y me prometí no volver a secar más lágrimas. Él se alejaba sin una palabra. Y yo me veía envuelta en sudores de tinta con palabras que no entendió. Me enredaba en frases revueltas como lianas e intentaba caminar por el canto rodado protector de las vías. A la altura de esa estación hablaba sola, afiebrada, delirada. Y todo para qué. Él había decidido otro viaje. Las preguntas sobre el amor se perdían con el rumor de los rieles percudidos.

Era una equilibrista sobre esas líneas de metal que me conectaban con su huída. Empecé a caminar dominando el equilibrio con los brazos abiertos, el vacío no me daba miedo, mucho menos los viajantes ni los niños que iban a la escuela. Caminaba por ese mundo rectilíneo hasta que uno de los operarios que esperaba su turno me descubrió. Su grito ronco me sacudió el alma. Sin embargo, lo miré y descubrí que sus ojos azules guardaban el secreto del océano. Su piel color carbón del linaje de los trabajadores del tren, me invocó. "Espero el próximo tren", atiné. Y suspiré como una locomotora que arriba a un destino nuevo.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Empatía

Cómo no creés en el amor, pregunta Tom.
Ella y su flequillo frondoso se ríen, lo desafían, se inquietan sólo por sí mismos. Azules sus ojos, vestidos celestes, coqueta al andar: esa es Summer.
Pero tiempo después el mundo baila y sonríe con Tom porque durmió con ella. Caminan tomados de las manos, se ríen y se cuentan cosas que nunca a nadie.

A los pocos días la esquiva Summer y la desesperación de Tom por responder Qué somos? pueblan de nubes la relación.

Sobreviene la depresión, hundirse en la cama, odiar al mundo.
Comprender algo de lo que sucedió pos-ruptura es como interpretar un jeróglifico medio borrado en la pared.


'500 Days of Summer' Expectations vs. Reality @ Yahoo! Video

La clave quizá sea aprender a vivir menos en el cuadrito de Expectativas y evitar chocarse tan abruptos con el de Realidad.
Podremos?

Gracias Lake por el regalo! me encantó
(además, me lo gané en buena ley)

jueves, 19 de noviembre de 2009

La Familia Pettitera


"¡Qué familia feliz!", pensé cuando lo vi con la barba rala, los ojos en rojo y la mirada siguiendo en vano el viaje de una partícula de polvo. El
pater familia buscando a sus vástagos a la salida del colegio parecía, quizá, un poco agotado de tanta algarabía. No es fácil ser cabeza de la familia Pettitera. Hay que entrenar todos los días dedos, muñecas y mandíbulas para desdenfundar la cámara digital rápido cual Billy the Kid y sonreír desencajados a los miles de seguidores in absentia. Más no importa, porque lo esencial es ser protagonistas de la fiesta non.stop.

Los progenitores de la familia Pettitera dedican gran parte del día a contarnos lo jóvenes que se sienten. Incluso mantienen un diario en el que actualizan sus fórmulas para la Dicha, y expresan también aquellos estigmas que marca a quienes no coinciden con el reglamento. Los Otros son lacra, están OUT,
fuera excluidos!

Pero lo más gratificante es ver esas imágenes reventando parlantes, fumando porro o cagando en el parquet del pisito en San Isidro que los abuelos (los padres de él) les proveen. Y mientras la fiesta avanza puede que alguno de los niños pettiteros se desmaye en bolas sobre algún extraño. No importa, todo sigue. Si tan
openminded es ese hogar que, ¡como en el primer mundo!, te facilitan las jeringas para hacer lo propio en el toilette (mamá Pettitera gusta de hablar francés).

Mientras ella derrocha comentarios suspicaces sobre pobres y ausentes, sus invitados vacían la heladera. Él, trago largo en mano, ojea algún culo un poco más tierno que el de su mujer (no necesita buscar mucho). El brindis, la fama y el éxito se desparrama como catarata en el depto de la 5ta Avenida de Zona Norte.

Aún recuerdo las caras de los cuatro retoños pettiteros envueltos en una nube de humo marca Virginia Slims. Muñequitos de una postal animada, los menores anhelan pertenecer a la familia Pinochet o a lo sumo aspiran a algo parecido a lo que tiene el hijodevecino. Pero ya no,
por favor no! nunca más, a la familia Pettitera.

FG
fuente de la imagen: http://imgsrc.ru/panboypeter/a459629.html?

viernes, 13 de noviembre de 2009

Pedro el grande

Mi hermano se enojó con su hijo de 3 años porque le mordió la cabeza.
Lo retó y samarreó fuerte.

Antes de irse a trabajar, el papá un poco arrepentido le pidió:

-¿Me das un besito Pedro?-
-No puedo. Estoy vacío -
-Dale, aunque sea tirame un beso
-Estoy vacío.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Dorian y la seda de los días (II)



Estaba metida en los brazos gordos de mi amiga cuando su pío-pío cortó con tijera la ternura. Demandante como un pichón, en una noche de reunión con mis amigos, Dorian se quejó de que yo no tuviera en mi cama sábanas de seda. Y al unísono deglutía ruidoso un bocadillo que el objeto de su crítica había preparado.

Subrayaba sus pavadas frente a los míos. Así como nunca lo oí cantar, las difamaciones típicas de su especie (hablamos de un pavo), acaparaban el espacio auditivo mientras su fisonomía lo mutaba en buitre.

Algo similar ocurrió el día en que, farragoso, habló de la separación. La relación no lo divertía, distinguí, mientras separaba con su picote las semillas de un pedazo de melón reseco que encontró en la mesa. Aún veía difuso al pavo flamígero que nunca reparaba y desplegaba arrogante el plumón. Mis amigos al oírlo, en cambio, se afilaban los dientes a escondidas como hacen los pumas silvestres agotados de las aves de corral.

Poco a poco percibí que los objetos que tocaba Dorian se opacaban y perdían nobleza. Al igual que cuando hablaba de alguien y lo evaluaba restando puntos en calculadora imaginaria (a este bicharraco los demás siempre le daban en negativo).
Lo suyo era pedir: sábanas , favores y... alpiste. Ese pavo tenía la malévola virtud de hacerme creer que algo le debía.
Hoy vuelvo al nido en mis viejas sábanas y repito: pájaro que comió, voló.

FG

Fuente de las imágenes: http://www.flickr.com/photos/whooz_queen/

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Uncle M



Comíamos unas milanesas cuando enunció su propia teoría de la felicidad. Un rato antes, me había contado que hace décadas probó casi todas las drogas menos las inyectables. Me habló de amigos heroinómanos que tuvieron que comerse el "mono" para sobrellevar la angustia y la abstinencia.
Tomamos un vino traído de Alemania y cuando terminamos se colocó guantes de box invisibles y testeó el reflejo de defensa de Naoko.
Como un nene con su bolsita de caramelos, narró los experimentos psicoquímicos que hacía en El Bolsón por los 70´s pidiéndole al dentista del pueblo recetas con algún derivado de la morfina (o ¿codeína? no viene al caso) porque "no podíamos con nuestras vidas". Y que a los 37 se puso un poco más serio cuando se animó a ser padre. Ser y estar a la altura de la circunstancia.
Mientras lavaba los platos, me confesó que cuando se aburre de manejar el taxi o los pasajeros se esconden en los callejones, para en una plaza y lee dos o tres páginas a la sombra de un ombú.

¿Quién te dijo que estamos obligados a ser felices? La felicidad también es una imposición.


Cuando se fue, encontré esta nota en mi computadora: Queridisima SDobrina flor:laz faltaz d` urtugrajia ce buelbem lokaz porr ke di!
maxdin
.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Naoko hechizada

El corazón le martillea cuando ve sus fotos. Se resfriega contra el piso esperando el celo que aún no llega. Admite aquello que le dijo una ratita ocurrente e interesada: "las lindas siempre quieren estar con los más cancheros" y piensa que en toda falacia se puede encontrar algo de cierto. Desde que supo de sus andanzas no puede dejar de seguir las huellas de ese reo, sucio pero irresistible gato.

Naoko se asume una "gatita sexy" aunque suene a aviso de rubro 59. También conoce de sobra que cuando su macho es comprensible, carece para ella del menor interés. Por eso piensa en él mientras salta de un rincón a otro del salón cómo si quisiera atrapar la imagen de su admirado que se le escapa como mercurio entre los dedos. Conmovida hasta los bigotes al saber que él viajó al mar sólo para buscar un amor quebrado, sigue atesorando las historias románticas con la ilusión de ser de alguna vez la protagonista de la propia.

Por eso, se prepara para conocerlo. Las altas medianeras le parecen rozar el cielo y no le permiten el escape. Se entretiene entonces con el entrenamiento espiritual: consulta el I Ching, el tarot y los astros. Se pinta las uñitas de colores a lo Cindy Lauper y eso le roba gran parte de su tiempo, porque manejar un pincel de una sola cerda no es tarea fácil para una gata de su edad. Ya se imaginó conversando con él, pero intenta ir más despacio, seguir el consejo de su veterinaria-psi: "si te adelantás a lo que va a pasar es porque querés controlar". Mientras tanto se ejercita trepando a extractores de aire y termotanques, también guarda en una bolsita de lentejuelas bombones Royal Canin, cuentas de plástico y bollitos de aluminio arrugado para compartir con él.

Naoko quiere torcer su destino, dar el volantazo de su vida en el amor. Espera que llegue noviembre. Su vida está por cambiar, y como un personaje de Raymond Carver, lo presiente.

sábado, 24 de octubre de 2009

Dorian el pavo (I)

El día que conocí al verdadero Dorian lo descubrí saliendo del baño con la nariz manchada de cocaína. Pese a que teníamos la misma edad, él había quedado congelado en el colegio secundario, un pantano de resentimiento al que los buenos y exigidos niños ingresaban limpitos para recibirse de jóvenes dirigentes de pensamiento embarrado. Pensaba que lo conocía, a veces lo veía como un cóndor volando altivo y ganando algún respeto de los espectadores. Más con el paso del tiempo observé que Dorian se asemejaba a una avestruz. Se movía gracioso entre las cosas pero escondía rápido la cabeza cuando rompía algún objeto al revolear su opaco plumaje; o era apacible y rutinario al empollar huevos robados. En otras ocasiones, se esforzaba y lograba confundirme: arrogante y bello como el pavo real; pero eso sucedía en contadas oportunidades en que sus chistes estaban desafilados y se acercaba manso. Ese día limpié con discreción su nariz, daba una imagen triste, y le pregunté por qué manchaba todo. Rápidamente estiró su cuello a lo largo del suelo, respuesta automática ante la amenaza. Desde esa noche nunca más logró emular plumas en turquesas, ocres o verdes. Su piel se plastificó. Cada vez que paso por un bazar de Once y veo los entumecidos pajaritos artificiales, me acuerdo de Dorian.

FG


En la foto: pavos reales en el parque arquelógico Tikal, Guatemala

miércoles, 21 de octubre de 2009

El último caballero es québécoise

Lo que cuento pasó en la playa nudista Zipolite, en México. Estaba desparramada en una hamaca paraguaya. Lo único que necesitaba ese día era mucho líquido y un baño. Había decidido que me largaba de ese paraíso de pelícanos y plantas carnivoras tras mi corto debut en el arte del topless playero. También había probado el mezcal y después de tres días de hablar con extranjeros, me relajé a usar un inglés vago, ya no tenía ganas de pronunciar como me había enseñado el teacher. Tenía dos grandes amigos de viaje, unos israelíes hippies con los que compartía las puestas de sol mientras, ya en traje de baño, nos reíamos de los nudistas que bamboleaban sus joyas sobre la arena en una pasarela imaginaria.
Una de esas noches noche tomé unos mojitos desafiando mi lábil resistencia alcohólica. El umbral de tolerancia, como siempre fue bajo, y terminé sintiendo el aliento (a esas horas pestilente) de un ex soldado de Eretz a la luz de la luna. Tenía que huír, tenía un novio en Buenos Aires que supuestamente respetaba nuestro pacto de fidelidad. Y yo, por supuesto, cumplía mi palabra. A mitad de la noche vomité, pero el baño quedaba a unos cuantos escalones de distancia. En una de mis carreras al inodoro dejé mi rastro líquido en el pasillo.

Era un hotel barato pero la vista panorámica regalaba un mar demasiado verde. A la mañana me dí cuenta que había perdido un teléfono celular que me servía como despertador. El pollo y el mole hacían un maremoto en mi estómago y lo único que podía era reposar como una iguana mirando a lo lejos figuras desnudas y aves cazando sus presas de un picotazo entre las olas.

Las personas que me veían descansando me saludaban con actitud de vacaciones. Un recién llegado, tenía 50 o 60 años y me dijo Hola con un acento raro. Llevaba una guitarra, estaba bronceado, de pelo blanquecino, y se acercó hasta mi aduana de tela. Me contó que era "quebecoise" y sostenía que en un país extranjero se debía de hablar la lengua local. Por eso se esmeraba con un español que sonaba a italiano. Había bajado desde el norte en su camioneta, se había espantado en Tijuana y ahora acampaba allí. Usaba bermudas y hacía un gesto muy canadiense con la boca cada vez que algo parecía exagerado. Le conté de mi partida inminente, los mojitos y el estómago rebelado. Él me dijo que le hacía acordar a su hija, se había divorciado después de 20 años, era arquitecto y trabajaba a distancia, por eso emprendió viaje sin fecha de vuelta. Me contaba sobre construcciones y ecología, pero yo me tenía que conseguir un taxi hacia la terminal de buses. Así fue que él, que tenía la misma edad de mi padre y quería seguir la charla, se ofreció llevarme por las sinuosas rutas de Oaxaca.

Usando el instinto de la buena viajera, acepté sin cierto miedo de ser una chica-sola-lejos-de-casa y con poca energía para la autodefensa causada por la resaca. Arriba de su camioneta hablamos de las bondades de los canadienses hasta que confesó: yo era la primera mujer con la que compartía su travesía. En ese momento la curva por la que íbamos se me hizo eterna y peligrosa. No sé para qué, pero verifiqué si la puerta tenía seguro, aunque saltar no era posibilidad de seguir con vida. Era un viaje largo y se hacía de noche (él temía volver sin luces). Llegamos a la terminal, me ayudó a bajar los bolsos y me abrazó. Me clavó los ojos y me dio un beso sin lengua, delicado como un papel de arroz. Me despedí así del caballero canadiense que me regaló la obscenidad más tierna del viaje.

FG

viernes, 9 de octubre de 2009

Brasil




Todavía uso la toalla blanca con el perrito carpintero para secarme la cara. La compramos en uno de esos centros comerciales que en los 80 existían en Brasil-potencia mundial. También me habían comprado una malla naranja con moños verdes. La malla se ataba a los costados y dejaba a la vista unos tajos laterales que dejaban ver mi piel sobre las costillas puntudas. Me perdí una noche en una feria de la isla en la que tomabámos unas semanas de descanso, y esa noche no escuché el murmullo argentino que se reproducía como un pulpo por las calles. Perdida entre los adultos. Recuerdo que sorpresivamente un mulato me tomó de la mano. No me asusté. La piel de la palma de la mano izquierda suave y de color aceituna, sus dedos callosos calmaban la ansiedad, él parecía buscar a un adulto responsable aunque me mirara de reojo y yo viera una chispa en su pupila. Aunque ahora dudo. Iba feliz con mi novio portugués a mis intensos seis años, cuando llegó mi madre con las comisuras ladeadas hacia abajo como si dos anzuelos se las tiraran desde el piso y los ojos inyectados en futuras posibles desgracias de madre-con-hija extraviada. El noviazgo más fugaz del mundo; el primero de una larga saga que en ese instante ignoraba. Pero todo era alegre. La gente elegía el blanco en las camisas, sandalias y una flor en la cabeza o un sombrero. Los tambores marcando los latidos. También los desfiles nocturnos en los que me escapaba del palco adonde se sentaban a mirar mis padres y mi hermano. Salía de esa oscura habitación y bailaba con mujeres como pavos reales que desfilaban felices sacando la cola para atrás. Me regalaban sus joyas o me llenaban la cara de besos y mi rostro relucía con brillantina transpirada de otros. Me acuerdo regresando del centro comercial a tomar la merienda, antes de bañarme y despegarme la arena metida entre mis huecos. Mi hermano con su amigo Pablo todo el día en diabólico plan, disputándose el ránking de caprichos y chistes pesados. En mi memoria aparezco envuelta en la toalla de estreno con el perrito simpático sobre mi pecho y mi panza antes de entrar a bañarme. Doy vueltas, invento una coreografía languida a veces y saltarina por momentos. La toalla cae y vuelve a subir frente a mi público infantil. Mi cuerpo aterciopelado, durazno, el tatuaje de la malla dibujando la piel bronceada y la diferencia de la pálida. Canto "Brasil, lalalalá" y tapo solo la cadera, colgando la toalla del hueso de la ingle. Otra vuelta y mi culo perita expuesto a la platea para admiración de los que miran. Mi hermano dice hijadeputaboluda y sale corriendo a su cuarto. Pablo se queda y se acerca más. Extiende la mano con la intención de quedarse con la toalla, que vuela con mis manos huidizas de mariposa que se posan y aletean como si parpadeara, más que atraparme. Lo esquivo. Jugamos al torero y domadora hasta que los cachetes se ponen como tomates. "Vení Luli" Escucho el timbrazo materno. "Pero estamos jugando"- Le arrebato mi túnica y mientras bajo la escalera, un pájaro amarillo vuela desde la ventana en dirección a la playa. Pablo se escapa como un marido en infracción.

Todo vale en carnaval. Ese hombre vestido de mujer, el primer travesti que vi, tenía barba y un vestido de vieja de barrio oscuro y salpicado con florcitas . Marcaba el ritmo moviendo el pie como una hoja de afeitar oscilante. Con zapatos de cuero, los tacos vencidos y una media color piel rasgada por un camino que viajaba desde los testículos hasta el talón. Las mujeres carnosas de las scolas rebotando sus nalgas, los ecos de birimbao, los bailarines regalándome sus estándartes rojos y dorados, sus tocados de flores falsas, las pulseras fosforescentes.

Me seco la cara con la toalla y miro la hora. El perrito carpintero golpea un cubo de madera hasta que las astillas vuelan. Es tarde. Me voy al trabajo tarareando: Brasillll..la la lalalá....

FG

Fuente de la imagen: Fernanda Cohen


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